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Un empresario de altos vuelos y con los pies en la tierra
Vicente Padilla Cofundador de Aertec
13/02/2010
Diario Sur
Cuando Vicente venía a veranear a Málaga a casa de sus abuelos, era el 'primo madrileño' que traía grabados en cintas de casete los últimos éxitos de la 'movida'. Durante los meses que pasaban juntos en las playas de Pedregalejo, él y su primo Antonio Gómez-Guillamón soñaban con ser astronautas. Al crecer cambiaron de planes, aunque sólo en parte: en lugar de pilotar naves espaciales, las construirían. Por eso decidieron convertirse en ingenieros aeronáuticos. Antonio, que vivía en Málaga, se trasladó a Madrid, donde Vicente -malagueño de nacimiento- residía, para estudiar la carrera juntos. Una vez graduados, la vida les separaría durante unos años antes de reunirlos en torno a un proyecto empresarial insólito para Málaga: una firma de ingeniería aeronáutica.
Para eso Vicente tendría que vivir antes su 'aventura americana'. Una vez terminada la mili, consiguió una beca para trabajar dos años en la meca de la aeronáutica, Boeing, en la ciudad estadounidense de Seattle. Una etapa en la que tuvo que enmendar a marchas forzadas las lagunas de su formación: «En la Universidad nos enseñan muchas matemáticas que en nuestra vida profesional nunca llegamos a aplicar, pero no nos enseñan a hablar en público, a escribir, a trabajar en equipo... En eso los americanos nos llevan mucha ventaja», asegura.
Regreso a España
En la lluviosa Seattle, el joven ingeniero malagueño no sólo se dio cuenta de hasta qué punto le apasionaba su profesión. También conoció a su mujer, Brenda, que es estadounidense. Cuando nació su primera hija, Adriana, Padilla sintió que era el momento de regresar a España. «Si dejaba que se criara allí, no sería capaz de irme nunca». Habían pasado tres años desde que cruzó el charco, y a su regreso Padilla sufrió lo que llaman el 'síndrome del expatriado'. «No sólo fue duro para Brenda, sino también para mí, porque me daba cuenta de todas las cosas 'no tan buenas' de España, que cuando estás fuera tienes idealizadas», explica. El choque se acrecentó al mudarse a Vitoria, donde le 'fichó' Gamesa Aeronáutica. «Es una ciudad pequeña, del Norte... Brenda y yo no nos adaptábamos».
En el fondo, además, latía el viejo sueño que Vicente compartía con su primo en aquellos largos veranos malagueños. Volar juntos, no ya en una nave espacial sino en un proyecto empresarial común. «Empezamos a plantearnos crear nuestra propia firma de ingeniería», aclara.
En el verano de 1997 se desencadenan los acontecimientos: Boeing le ofrece a Padilla un apetitoso puesto en Estados Unidos y éste se debate entre volver a Seattle o lanzarse al vacío junto a su primo. Al final, tiró más la sangre. Y la tierra, porque desde que empezaron a fraguar su proyecto, Antonio y Vicente decidieron que la sede de su empresa estaría en Málaga. «A todo el mundo le parecía una locura pero nosotros lo teníamos clarísimo». Antes de que terminara ese año, y cuando ambos contaban 31 años, había nacido Aertec.
¿Por qué arriesgarse a fundar una empresa de ingeniería aeronáutica en una ciudad tan ajena a este sector? «Fue una cuestión personal, porque queríamos vivir aquí. Pero a la larga ha demostrado ser una decisión inteligente, porque cuando empezamos los grandes del sector no nos tomaban en serio, éramos 'los malagueños' y hasta les hacíamos gracia. En cambio, si hubiéramos estado en Madrid, se nos habrían comido. Ahora ya no les hacemos tanta gracia...», reflexiona el copropietario de Aertec. Una empresa que hoy, desde luego, no provoca risa, sino respeto en un sector donde ha conseguido situarse entre las firmas más ambiciosas.
Con más de doscientos ingenieros en plantilla, Aertec trabaja hoy en aeropuertos de medio mundo y está implicada en la construcción del avión militar europeo. Pero Padilla, que se define como la «parte cerebral y analítica de la empresa» -pese a que su mesa es la más desastrosa de la oficina-, siempre recordará el primer contrato con el aeropuerto de Málaga. Lo más duro fue acostumbrarse al riesgo. «Es más difícil aprender a ser empresario que ingeniero, porque gestionar una empresa es gestionar a gente, y la gente no se rige por fórmulas matemáticas, ni los problemas tienen una única solución».
Esa idea de que las empresas están basadas en personas empapa la filosofía de Aertec, que tiene fama de mimar a su plantilla. «Aquí nunca se le ha gritado a nadie y si alguien tiene un problema personal, estamos para ayudarle», resume. Padilla, agricultor en sus ratos libres, cree firmemente que las personas «son como un huerto: si las riegas y las cuidas, te devuelven diez veces lo que tú has invertido en ellas». Una convicción que comparte con su socio: «Antonio y yo somos muy diferentes: él es la parte creativa y soñadora y yo, la que tiene los pies en la tierra. Pero afortunadamente compartimos la misma visión de la empresa».
Para Padilla, su compañía es un ejemplo de que Málaga puede «y debe» cultivar un tejido empresarial diferente al que ha tenido hasta ahora, volcado en la construcción y el turismo. «Pero para eso lo que no se debe volver a permitir es que se gane tantísimo dinero con el ladrillo», opina.
Trabajo manual
El cofundador de Aertec suele recurrir a símiles agrarios para explicar sus ideas. Y es que quizá para compensar tanto trabajo intelectual en la oficina, le gusta trabajar con las manos en su tiempo de ocio. Bricolaje, horticultura, albañilería... «Les he hecho a mis hijas una casa en un árbol y ahora ando construyendo un muro», confiesa.
La ingeniería aeronáutica es un feudo de hombres, pero cuando llega a casa, Vicente está rodeado de mujeres: su esposa y sus cuatro hijas: Adriana, Natalie, Meike -que fue adoptada en China- y Elisa. El idioma oficial de la familia es el inglés. «Siempre he hablado con Brenda en su idioma; además así las niñas son bilingües», explica. Aunque últimamente, Vicente anda enfrascado en mejorar su francés leyendo novelas en esta lengua. No obstante, con lo que más disfruta este hombre de números es con los libros de historia y sociología. «No aprendo nada útil, pero me encantan».
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